viernes, 1 de noviembre de 2013
SUMAK KAWSAY
El SUMAK KAWSAY
De todos los conceptos creados desde la
positividad de la economía neoliberal, el concepto de crecimiento
económico como base del desarrollo social es, de hecho, uno de los que
más connotaciones simbólicas y políticas posee. Es un concepto hecho a
la medida de las ilusiones y utopías del neoliberalismo y del
capitalismo tardío. Con la misma fuerza que el creyente cree en la
epifanía de la voluntad divina, el economista neoliberal, cree en las
atribuciones y virtudes mágicas que tiene el crecimiento económico. Es
una especie de doximancia en la que la sola enunciación del crecimiento económico se convertiría en taumaturgo de la realidad.
Esta noción del crecimiento
económico recupera las necesidades políticas del neoliberalismo, y, para
legitimarse, apela al concepto decimonónico e iluminista del
“progreso”. En efecto, desde esta perspectiva el crecimiento económico
sería otro símbolo de progreso y éste, por definición, no admite
discusiones. De esta manera, el neoliberalismo pretende tejer una
solución de continuidad histórica con el iluminismo y con las promesas
emancipatorias de la modernidad. En la simbólica moderna, toda persona, o
todo pueblo, al menos teóricamente, quiere progresar, quiere “salir
adelante”; quiere “superarse”. Para el neoliberalismo, poner trabas al
progreso es ser retardatario. Poner trabas al crecimiento es una
aberración de los pueblos “atrasados” que, de forma imperativa, deben
modernizarse. Oponerse al desarrollo, por tanto, es antihistórico. Estar
en contra del crecimiento económico es síntoma y signo de oposición al
cambio.
Pero el crecimiento
económico, vale decir el desarrollo, por antonomasia es obra de los
mercados y, a su vez, de las empresas privadas. La empresa privada (y en
su forma más moderna: la corporación), gracias al discurso neoliberal
del crecimiento económico se creen portadoras de una misión de
trascendencia histórica: asegurar el cumplimiento de una de las promesas
más caras de la modernidad capitalista: el progreso económico en
condiciones de libertad individual.
En esta noción de crecimiento y desarrollo económico
el discurso neoliberal crea un fetiche al cual rinde tributos,
oraciones, y penitencias. El crecimiento económico, según la doctrina
neoliberal, resolverá por sí solo los problemas de la pobreza,
iniquidad, desempleo, falta de oportunidades, inversión, contaminación y
degradación ecológica, etc.
El crecimiento económico se
convierte en la parusía del capital. En el horizonte utópico hacia el
cual necesariamente hay que llegar, a condición de que, obviamente, se
dejen libres los mercados y que el Estado respete las reglas de juego
del sector privado. En la teología del neoliberalismo, la parusía del
crecimiento económico solo puede provenir de la mano invisible de los
mercados. Gracias a esta noción de crecimiento económico, el
neoliberalismo puede deconstruir aquellos modelos económicos y sociales
que comprendían la intervención del Estado; y posicionar su proyecto
político como un modelo de crecimiento por la vía de los mercados. El
crecimiento económico, en las coordenadas teóricas y políticas del
neoliberalismo, permite desarmar aquellas nociones de planificación
social, de bienes públicos y solidaridades colectivas que formaron parte
del debate político latinoamericano y mundial, antes de la “larga noche
neoliberal”.
Ahora bien, la teoría del
crecimiento económico por la vía de los mercados y como base del
desarrollo, es una invención reciente. Su formulación como parte de las
teorías del desarrollo y su reformulación como propuesta de mercados
libres y competitivos como único espacio histórico posible del
desarrollo económico, está relacionada con la contrarrevolución
monetarista de Friedman y de la Escuela de Chicago, producida en los
años cincuenta y sesenta del siglo pasado.
En realidad, el crecimiento
como dispositivo conceptual del desarrollo neoliberal, es un argumento
vacío. En efecto, el crecimiento económico, strictu sensu, no
existe. Lo que existe es la acumulación del capital, y el capital no es
ni una cosa ni un conjunto de objetos, es una relación social mediada
por la explotación y la reificación. La acumulación del capital implica,
por definición, la ampliación de las fronteras de la explotación y de
la enajenación humana. A más crecimiento, más acumulación de capital, y,
por tanto, más explotación, más degradación, más enajenación.
El desarrollo basado en la
noción neoliberal del crecimiento económico, es un discurso mentiroso y
encubridor de las relaciones de poder que genera la acumulación del
capital en su momento especulativo. El crecimiento económico como
teleología (o como finalidad) social y fetichismo de la historia es un
dispositivo simbólico y epistémico que tiene una función política:
aquella de generar los consensos necesarios para posibilitar la
acumulación del capital en su momento especulativo y neoliberal.
Tiene también una función
histórica: aquella de cerrar los espacios de posibles humanos en las
coordenadas de la economía y del mercado. El neoliberalismo es el fin de
la historia moderna. No hay nada más allá del fin de la historia: las
utopías desaparecen y las metanarraciones de la modernidad se
fragmentan. En el mundo neoliberal se han cumplido con las promesas
emancipatorias de libertad y progreso. Sin embargo, esa libertad y
progreso son puestas en las perspectivas del mercado y la libre empresa,
y el ser humano que mide a su condición humana en la reificación de las
cosas, ya fue cuestionado por los filósofos marxistas de la Escuela de
Frankfurt, además, el discurso del crecimiento económico ha sido objeto
de un intenso cuestionamiento, desde Iván Illich, Arnold Naess, Herbert
Marcuse, hasta Arturo Escobar y Serge Latouche, entre otros.
De esas críticas y
cuestionamientos al discurso neoliberal del crecimiento económico, y
utilizando una figura de la retórica que implica ruptura, interrupción y
fisuras, habría de recordar aquellas cesuras que esta noción ha
producido y cuyas connotaciones históricas y sociales son ineludibles a
la hora de repensar al desarrollo y sus alternativas, sobre todo en
momentos de fin de la historia y de posmodernidad neoliberal.
La primera de esas cesuras
es cuando el discurso del crecimiento económico fragmenta y rompe la
relación del ser humano con la naturaleza. Desde el proyecto de
Descartes del hombre como “amo y señor de la naturaleza”, hasta
el informe de la Comisión Brundtland de 1986, pasando por la Cumbre de
Río y las preocupaciones recientes sobre el calentamiento global, el
desarrollo económico y el discurso del crecimiento, no han podido cerrar
esa cesura. Todo lo contrario, ahora genera problemas que antes parecían inconcebibles.
La visión de los mercados como alternativa histórica para la relación hombre-naturaleza está ampliando esta cesura
y presentándonos escenarios que antes nos habrían parecido impensables.
Solo desde una visión de un extremo egoísmo con el presente, y absoluta
enajenación con el futuro, puede pensarse que la producción de
alimentos ahora sea para los autos y no para los seres humanos. Los
biocombustibles ponen al discurso del crecimiento económico en la
frontera final de la utilización de la naturaleza. ¿Qué viene después?
¿Quizá la privatización del aire? ¿La comercialización del clima, como
lo pretende el proyecto HAARP?
Comprendemos, gracias a esa
propuesta de privatización de la naturaleza, que el concepto de
“desarrollo sustentable” de la Comisión Brundtland, nunca fue más que un
simulacro, una expiación del capitalismo tardío en su hora neoliberal.
Una coartada para los proyectos privatizadores del Banco Mundial. Sin
embargo, el calentamiento global es una amenaza real. El capitalismo y
su discurso del desarrollo, gracias a la cesura que se produjo
cuando se instrumentalizó la naturaleza y se rompió la unidad del hombre
con su entorno, están provocando una de las crisis más graves y
profundas que pone en peligro a toda la existencia humana sobre la
Tierra. En la perspectiva del mercado no hay posibilidades de frenar el
cambio climático y el calentamiento global. Llegará un día en el que la
humanidad tenga que optar entre la vigencia de los mercados capitalistas
o su propia pervivencia. Llegará un día en el que los conocimientos y
saberes ancestrales de los pueblos indígenas sean la única opción para
salvar al planeta de la devastación provocada por el libre mercado.
Una segunda cesura
del discurso del crecimiento económico y el desarrollo, es aquella
relacionada con la ética. Ni el desarrollo, ni el crecimiento económico
son éticos, y no pueden serlo, porque al incorporar variables éticas al
crecimiento económico, éste corre el riesgo de entrar en serias
contradicciones lógicas que pondrían en peligro la validez
epistemológica de la economía en su conjunto.
El comportamiento maximizador del homo economicus
está reñido con la ética, e impide la elección racional en mercados
competitivos. Un consumidor ante una mercancía nunca piensa en los
demás, sino en sí mismo. El momento en el que se atraviese en su
elección individual cualquier preocupación ética por los demás, sus
decisiones económicas se invalidan automáticamente. Para la teoría
vigente del consumidor, que fundamenta a todo el edificio conceptual de
la economía moderna, éstas no serían decisiones racionales.
Pensar de manera ética, por
definición, es pensar en contra del mercado y del interés individual.
Pensar éticamente no es racional, al menos en los contenidos que la
economía entiende por “racional”. Ética y crecimiento económico son
dimensiones contrapuestas. La cesura con respecto a la ética, ha producido una instrumentalización del conocimiento, del saber social y de la convivencia humana.
Una sociedad que se dedica a
la industria de la guerra, puede exhibir envidiables parámetros e
indicadores de desarrollo económico, pero esa sociedad puede revelarse
como un peligro para las demás. Mientras más crezca en términos
económicos esa sociedad, más riesgos existen para la paz del mundo.
Una lección que el
capitalismo quiere olvidar con la experiencia del nazismo en Alemania y
la reconstrucción económica por la vía de la industria bélica. El
profesor Galbraith, con su fina ironía, decía que los nazis, luego de
haber resuelto el problema del desempleo en Alemania, se dedicaron a
resolverlo en el resto de Europa y el mundo.
Esa cesura entre la
ética y el “crecimiento” hace que en la subjetividad del capitalismo, el
fin justifique los medios y que al final la ética aparezca como recurso
estratégico en la necesidad de legitimar al poder. No hay que olvidar
que el índice de crecimiento de los mercados de Defensa (el índice Spade
Defense) ha crecido una media del 15% entre los años 2001 y 2006,
gracias a la “guerra en contra del terrorismo”, y que esta guerra ha
provocado el aparecimiento de graves atentados a los derechos humanos
fundamentales en todas partes del mundo.
¿Es posible, entonces,
devolver la ética a la convivencia humana? La respuesta aparece
condicionada a la existencia de los mercados como reguladores sociales e
históricos. Los mercados no son espacios para la ética. Son espacios
para el lucro individual y la acción estratégica. Rescatar la ética
implica superar al mercado. Los mercados al instrumentalizar la ética
ponen en riesgo la paz del mundo y las condiciones de una convivencia
pacífica entre los pueblos.
Una tercera cesura
del discurso del desarrollo y el crecimiento económico es con la
historia y cultura propias de los pueblos. El desarrollo y el
crecimiento económico vacían de contenidos a esas historias y culturas y
los llenan con aquellos que se considera válidos desde la lógica de la
rentabilidad, el corto-placismo, el egoísmo y el cálculo estratégico.
Cuando el crecimiento económico se aproxima a sociedades o pueblos que
no están contaminados de modernidad ni desarrollo económico, los
fagocitan en función de las necesidades de la acumulación del capital, y
colonizan aquello que Habermas denomina el “mundo de la vida”.
Para el crecimiento
económico, las costumbres tradicionales de los pueblos y sus culturas
son obstáculo que hay que superar eliminándolas por medio de estrategias
de modernización. En las coordenadas del mercado, no pueden subsistir
las diferencias culturales, a condición de que se conviertan en
excelentes mecanismos de mercadeo. El desarrollo y el crecimiento
económico no tienen idea de lo que significa el respeto cultural, y la
convivencia en contextos de diversidad social y cultural. Los mercados
no soportan la diversidad humana. La extraordinaria diversidad cultural
de los pueblos del mundo es una amenaza que debe ser controlada. El
mundo liso y llano de Burguer King, de Nike, de Mc Donalds, de Coca
Cola, de Wal-Mart, etc., es la apuesta por colonizar esa diversidad
cultural e integrarlas al capitalismo como otra dimensión del mundo
corporativo.
Una cuarta cesura es,
paradójicamente, con la misma economía. Aunque parezca inverosímil, el
desarrollo económico más que provocar el crecimiento económico para toda
la sociedad, en realidad lo que consigue es la administración política
de la escasez. El discurso neoliberal del crecimiento económico es un
discurso de la escasez. El mecanismo de los precios como taumaturgos de
la realidad, es la expresión del control político a la escasez. De
hecho, todo el discurso de la economía neoliberal está construido sobre
las nociones de la escasez.
Los conceptos del
neoliberalismo (entre ellos los conceptos de precios como costo
marginal, el concepto de agente maximizador, de rendimientos
decrecientes, de equilibrio general, de curvas de indiferencia, etc.)
son conceptos que relevan de una analítica de la escasez. No se trata de
la existencia o constatación de una situación de escasez, sino de su
racionalización y operacionalización política por medio del poder, y la
economía, de este modo, se convierte en otra forma de ejercer el poder.
El desarrollo crea escasez. El desarrollo y el crecimiento económico
crean pobreza. La pobreza es inherente al desarrollo y al crecimiento
económico. Toda la estrategia de ajuste y reforma estructural del FMI y
del Banco Mundial, y su terapia de shock, provocaron artificialmente la
escasez, y provocaron y exacerbaron la pobreza como requisito ineludible
para que puedan operar las leyes del mercado capitalista.
Pensar que el crecimiento
económico puede resolver los problemas de la pobreza es ingenuo, primero
porque se tiende a pensar a la pobreza en términos de economía (el
dólar diario del Banco Mundial), cuando en realidad es un fenómeno
político; y, segundo, porque se supone que la pobreza puede ser superada
desde la misma economía (por ello Marx se resistía a hablar de pobreza,
para él la pobreza era una manifestación social e histórica de la
explotación, lo que había que resolver era la explotación humana
emancipando al trabajo, y no como ahora lo pregona el poder con
microfinanzas o microempresas), cuando debería superarse desde la
política.
Ninguna sociedad, incluida
aquellas que puedan autodenominarse como “desarrolladas” han resuelto
los problemas de la pobreza, y menos aún de la explotación. El discurso
de la economía neoliberal como analítica de la escasez sirve de
cobertura y coartada para ocultar la distribución de la renta social. Si
toda la sociedad participa en la producción del excedente social, lo
lógico sería esperar que el discurso del desarrollo y el crecimiento
económico resuelvan la distribución y participación de toda la sociedad
de este excedente. Gracias al discurso neoliberal del crecimiento
económico, el excedente social se privatiza y la escasez se convierte en
el mejor argumento de control político que asegura la privatización de
la riqueza social.
Una quinta cesura, y
quizá de las más graves, es la colonización epistémica. Cuando se asume
al discurso del desarrollo y del crecimiento económico, es imposible ver
al mundo de otra manera. Quizá Wallerstein tenga demasiada razón cuando
nos propone “impensar las ciencias sociales”. Para Wallerstein, el
desarrollo es un “mito organizacional”. La colonización epistemológica
provoca la indiferencia hacia aquellos saberes que no relevan de los
marcos teóricos dados por la modernidad y por el desarrollo, y también
provoca la destrucción de esos saberes, sobre todo cuando empiezan a
convertirse en peligrosos. En una expresión fuerte y cargada de
simbolismo y de razón, Boaventura de Souza Santos los llama
“epistemicidios”.
La colonización
epistemológica producida por el discurso del crecimiento económico ha
neutralizado la capacidad que tendría la humanidad en repensar las
alternativas al capitalismo. Quizá es más difícil desaprender que
aprender. Para salir de esta colonización, quizá sea necesario un largo
trabajo de olvido sobre todo aquello que aprendimos a propósito del
desarrollo y del crecimiento. Superar esta cesura epistémica es
una de las tareas más complejas del presente porque la razón siempre es
autorreferencial, y la analítica del crecimiento económico ha hundido
sus raíces en la episteme moderna incluida en sus propuestas
emancipatorias.
Todos estos procesos no
pueden mantenerse sin la utilización estratégica de la violencia. El
libre mercado necesita de la violencia como la vida necesita del
oxígeno. A más libre mercado más violencia. Todas las reformas
neoliberales del crecimiento económico han sido impuestas y se mantienen
desde la violencia. La violencia asume el formato de la política como
una extensión de la guerra, y ésta como una condición hobbesiana de
existencia. El desarrollo y el crecimiento económico fragmentan al
hombre de su sociedad y lo inscriben en una relación marcada,
precisamente, por la violencia. La libertad de los mercados implica
cárceles, persecución, terrorismo de Estado, torturas, genocidios,
impunidad. El crecimiento económico es violento por naturaleza. Generar
violencia y administrarla políticamente, bajo una cobertura de
democracia, ha sido uno de los desafíos más importantes del
neoliberalismo. El concepto neoliberal que permitió la domesticación de
la política, incluido el sometimiento de la democracia a las coordenadas
del mercado, ha sido aquel del Estado social de derecho.
Es necesario cerrar estas cesuras.
Está en juego la pervivencia del hombre sobre la Tierra. El discurso
neoliberal del desarrollo basado en el crecimiento económico no puede
tener una segunda oportunidad. Si se la damos quizá sea demasiado tarde
para nuestro futuro. Su legado de destrucción ambiental, degradación
humana, violencia social, colonización de las conciencias, terrorismo de
Estado, genocidios, expulsión de pueblos enteros, guetización, entre
otros aspectos, hacen imperativo (casi como los imperativos morales de
Kant), que busquemos alternativas al desarrollo en su conjunto.
El Presidente boliviano Evo
Morales, indígena de procedencia aymara, ha dicho que hay que pensar en
superar al capitalismo como sistema social e histórico. Los indígenas
del Ecuador, a inicios de los noventa, y en la línea de repensar las
alternativas al capitalismo como sistema, produjeron uno de los
conceptos políticos más complejos de la era presente: el Estado
Plurinacional, que obliga a reconsiderar los contenidos que fundamentan
al contrato social y a la sociedad en su conjunto. Los zapatistas
mexicanos desafiaron a las tradicionales teorías del poder cuando
expresaron su mandato político como: “mandar obedeciendo”.
Son los mismos indígenas de
Bolivia, Ecuador, y Perú, los que ahora proponen un concepto nuevo para
entender el relacionamiento del hombre con la naturaleza, con la
historia, con la sociedad, con la democracia. Un concepto que propone
cerrar las cesuras abiertas por el concepto neoliberal del desarrollo y el crecimiento económico. Han propuesto el “sumak kawsay”, el “buen vivir”.
Es probable que la academia
oficial, sobre todo aquella del norte, sonría condescendiente, en el
caso de que logre visibilizar al concepto del buen vivir, y que
lo considere como un hecho anecdótico de la política latinoamericana.
Sin embargo, es al momento la única alternativa al discurso neoliberal
del desarrollo y el crecimiento económico, porque la noción del sumak kawsay
es la posibilidad de vincular al hombre con la naturaleza desde una
visión de respeto, porque es la oportunidad de devolverle la ética a la
convivencia humana, porque es necesario un nuevo contrato social en el
que puedan convivir la unidad en la diversidad, porque es la oportunidad
de oponerse la violencia del sistema.
Sumak kawsay es la
expresión de una forma ancestral de ser y estar en el mundo. El “buen
vivir” expresa, refiere y concuerda con aquellas demandas de
“décroissance” de Latouche, de “convivialidad” de Iván Ilich, de
“ecología profunda” de Arnold Naes. El “buen vivir” también recoge las
propuestas de descolonización de Aníbal Quijano, de Boaventura de Souza
Santos, de Edgardo Lander, entre otros. El “buen vivir”, es otro de los
aportes de los pueblos indígenas del Abya Yala, a los pueblos del
mundo, y es parte de su largo camino en la lucha por la descolonización
de la vida, de la historia, y del futuro.
Es probable que el Sumak Kawsay
sea tan invisibilizado (o lo que es peor, convertido en estudio
cultural o estudio de área), como lo fue (y es) el concepto del Estado
Plurinacional. Mas, en la prosa del mundo, en su signatura de colores
variados como el arcoiris, en su tejido con las hebras de la humana
condición, esa palabra, esa noción del “buen vivir”, ha empezado
su recorrido. En los debates sobre la nueva Constitución ecuatoriana,
junto a los derechos de la naturaleza y el Estado Plurinacional, ahora
se ha propuesto el Sumak Kawsay como nuevo deber-ser del Estado
Plurinacional y la sociedad intercultural. Es la primera vez que una
noción que expresa una práctica de convivencia ancestral respetuosa con
la naturaleza, con las sociedades y con los seres humanos, cobra carta
de naturalización en el debate político y se inscribe con fuerza en el
horizonte de posibilidades humanas.
EL MUNDO DEL SIDA
Bienvenido al Mundo del Sida
Un hombre casado conoce a una escultural mujer en un bar tras una reunión de negocios. Tras tomarse una copas y comenzar a flirtear deciden llevar su pasión a la habitación del hotel del señor. Pero allí descubrirá algo escalofriante…
Existe un relato, una leyenda urbana quizás o quizás sucedió en realidad. Esta es la historia:
Juan era un hombre casado, con dos hijos, el típico padre de familia. Un día tuvo que desplazarse a una convención de trabajo,
lejos de su ciudad. En algunas ocasiones tenía que hacer acto de
presencia en congresos y exposiciones para conseguir nuevos clientes. En
esta ocasión viajó junto a otros compañeros a una ciudad que
desconocemos.
Como sucede en estas convenciones, Juan
acudió a la salida del congreso a una cena con los compañeros y con
algunos conocidos clientes. Después de la cena acudió a una sala de
fiestas a tomar la última copa. Estando en la barra
vio aparecer una chica guapísima, de las chicas que no suelen verse muy
a menudo. Todo el mundo quedó maravillado por su belleza, pues no solo
tenía un rostro precioso, sino que su cuerpo era perfecto. Al parecer la
chica venía sola y parecía algo triste. Ella se acercó a la barra donde estaba Juan y pidió una copa.
Sus miradas se cruzaron y una leve
sonrisa dio pie a cuatro palabras de cortesía. Juan no era de los
típicos hombres que intentan seducir a las mujeres de forma descarada.
Él simplemente quería conversar con esa preciosa mujer. Empezaron a
hablar, a reír, se contaron sus vidas y los vasos vacíos iban
acomodándose en la mesa.
Juan, seducido por tan maravillosa chica
le ofreció tomar una última copa en el bar del hotel donde estaba
hospedado. Ella aceptó con una mirada de complicidad. Como era de
esperar Juan y la chica misteriosa pasaron la noche juntos.
Cuenta el relato que se dejaron llevar por los instintos más carnales, sin pensar, sin tomar precauciones, puro instinto sexual.
Al día siguiente Juan abrió los ojos y
vio que la chica no se encontraba a su lado. Se levantó con los ojos
entre abiertos y un leve dolor de cabeza por los efectos del
alcohol. Juan fue al baño para ver si la preciosa chica estaba en él.
Fue entonces cuando Juan vio que en el espejo del baño había un texto escrito con pinta labios.
Juan cayó al suelo, pálido, con cara de
terror, un grito de miedo surgió de todo su ser. Pero ¿Qué texto había
escrito en el espejo del baño?
El texto ponía: ¡Bienvenido al club del SIDA!
Existen otras versiones de desconocidos
que contagian voluntariamente el SIDA a personas aleatorias, en otra
versión aún más escalofriante un loco aprovechando las multitudes y
aglomeraciones de personas en discotecas, conciertos e incluso en
trasportes públicos aprovecha la confusión para inyectar su sangre con
una jeringuilla, un leve y rápido pinchazo que salvo por un fugaz dolor y
una marca roja en la zona suele pasar desapercibido y olvidado a los
pocos minutos. Sólo en contadas ocasiones cuando la aguja se rompe al
pinchar a la víctima esta se da cuenta de que probablemente contraerá la
mortal enfermedad antes de que un médico se la diagnostique.
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